Suplemento: La paidofilia y otras miserias humanas en tiempos de Internet (1ª Parte)

El abuso sexual a menores 

Los niños han sido en la historia de la humanidad no precisamente sujetos de consideración y derechos como lo prevén desde hace no mucho las normativas internacionales, sino que han sido objeto de todo tipo de manipulación para satisfacción de los adultos.   

El abuso sexual a menores constituye una de las peores expresiones de la miseria de la humanidad, y lejos de desaparecer, pareciera ir adquiriendo modalidades más sofisticadas a través del tiempo, tal el caso de la pornografía infantil por Internet, en la que se comercializan cuerpos de niños, niñas y adolescentes en todo el mundo. 

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Este nuevo tipo de abuso globalizado, enriquece a las mafias que lucran con este jugoso negocio, permite a los paidofílicos del mundo agruparse en organizaciones solidarias y constituye uno de los más repugnantes y repudiables abusos contra millones de niños que acceden a esta manipulación tecnológica como consumidores o como víctimas posibles de ser captadas, más aún cuando se convocan factores de riesgo como la marginalidad, la pobreza o la falta de contención adulta e información preventiva, variables no muy desconocidas por estas tierras y reciente historia. 

Tampoco han desaparecido a pesar de la consideración delictiva y el favorecimiento de la denuncia, los abusos sexuales en el ámbito de la familia, institución que a esta altura de los acontecimientos debería ser desmistificada, ya que lejos de ser un lugar sagrado de armonía y amor, es evidente que también es donde ocurren las peores tragedias del ser humano, como la violencia, el abuso, la soledad. 

Prueba de ello son las crecientes separaciones conyugales y las estadísticas contundentes que hablan de que en el 50% de las familias argentinas se ha vivido o viven alguna de estas situaciones. 

Seguir sosteniendo la familia basada en el matrimonio como el bien jurídicamente protegido, es desconocer la realidad y no aceptar que estamos frente a un nuevo paradigma, la familia tradicional está siendo reemplazada por otras formas de constitución vincular, binucleares, ensambladas o monoparentales. 

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El abuso sexual es un “asesinato del alma” o como dice la prestigiosa Irene Intebi un “balazo en el aparato psíquico” de niños y niñas y su comprensión como fenómeno milenario, nos remite a la polaridad niño-adulto o sea a las representaciones sociales de la infancia y las características de la sexualidad adulta y erotización del poder. 

Al respecto, los niños han sido en la historia de la humanidad no precisamente sujetos de consideración y derechos como lo prevén desde hace no mucho las normativas internacionales. 

Han sido objeto de todo tipo de manipulación para satisfacción de los adultos y no se los pudo visibilizar como víctimas hasta hace muy poco.

Invisibilizar el fenómeno ha sido una forma de proteger la sacrosanta e intocable función parental como sostenimiento de un concepto de parentalidad bastante hipócrita, si tenemos en cuenta las contundentes estadísticas respecto a la ocurrencia de abusos en el ámbito familiar que hablan de aproximadamente 4 de cada 10 menores abusados sexualmente.

Respecto a la otra punta del problema, la lectura se pone más interesante aún porque nos remite a las variables culturales que condicionan la sexualidad adulta. 

Un dato al respecto a tener en cuenta para el análisis, es que los agresores sexuales en casi un 90% de los casos son hombres, lo que nos confronta con la comprensión del significado de género. 

La sexualidad es un hecho biológico inherente a ambos sexos, pero la noción de género es una construcción cultural que se refiere a las asignaciones hacia hombres y mujeres en cada sociedad y época con atributos que deben ser asumidos para ser aceptados socialmente. 

Desde estos mandatos, se construyen estereotipos que determinan lo relativo a la masculinidad y femineidad en cada cultura y tiempo.

Según estos estereotipos en nuestra sociedad, el hombre no debe llorar, debe ser fuerte, proveedor y tener una sexualidad activa e insaciable, mientras la mujer debe ser maternal, tierna, sumisa y su sexualidad pasiva y complaciente más orientada a la maternidad que al placer.

Desde esta perspectiva, existiría una justificación social hacia el abuso sexual masculino ya que respondería a la incontenible sexualidad masculina, provocada por la lascitud y provocación femenina aun la infantil si escuchamos las argumentaciones de los agresores cuando se defienden diciendo acerca de la víctima niña “me provocaba y uno es hombre”. 

Esta minimización colectiva de los abusos masculinos, no es igual en el caso que la agresora sexual sea una mujer, la transgresión se castiga con más fuerza y se paga caro.

Aunque para no caer en sesgos ideológicos, hay que admitir que también es probable que los abusos sexuales a menores por parte de mujeres estén subregistrados por el hecho de que los contactos corporales con niños están justificados por los mandatos maternales y no son vistos como abusivos, sin dejar de destacar que la iniciación sexual de adolescentes varones promovida en general por los padres como parte de la costumbre cultural machista, está en manos de mujeres mayores lo cual si lo miramos desde la óptica de la asimetría, es francamente abusivo.


Una respuesta to “Suplemento: La paidofilia y otras miserias humanas en tiempos de Internet (1ª Parte)”

  1. http://textualities.net/links/forum/viewtopic.php?pid=2050

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