Muy cerca del epílogo de la burla

Muy cerca del epílogo de la burla

 

 Quien esto escribe, ha tenido acceso a los detalles de ese encuentro: Era la primera vez en los últimos cinco años que el oficialismo aceptaba recibir dirigentes de un sector cuyo motivo de entrevista no era el halago…

 

Por el Lic. Gustavo Adolfo Bunse

  

Piérdase ya mismo la esperanza de que ocurra algún cambio bajo esta dinastía de tránsfugas de la moral.

 

Piérdase ya mismo la menor creencia en que los mercaderes de la infamia y de la deshonra van a advertir que están dirigiendo el barco hacia las rocas y que, por eso, se lo van a poner irremediablemente de sombrero.

 

La semana pasada, la presidente aceptó recibir a los dirigentes del agro.

Lo hizo en forma personal… y con una inusual cordialidad.

 

Quien esto escribe, ha tenido acceso a los detalles de ese encuentro:

Era la primera vez en los últimos cinco años que el oficialismo aceptaba recibir dirigentes de un sector cuyo motivo de entrevista no era el halago.

 

Toda la buena fe de esta señora, consistió en lo siguiente: Los escuchó a cada uno en forma individual. Anotó todo.

 

Sonriendo, les dijo que todo se iba a solucionar y que los detalles técnicos los arreglaría Alberto Fernández, a partir de la tercera semana de abril.

 

Apenas terminó la reunión, esta mujer procedió como el peor tahúr.

 

Por intermedio de su secretaría privada le dio la orden al famoso jefe de medios y comunicación social (Albistur) para que se hicieran con urgencia 2 spots para televisión y radio en los que se explicara a la población una versión sesgada del reclamo del agro y una fundamentación parcializada de las ventajas de la posición del gobierno.

 

Los spots se hicieron a velocidad de rayo y se pusieron al aire en horas.

 

 Dicen, entre otras cosas: “vos no sos un productor agropecuario… vos cobrás en pesos”.

 

Es decir, en medio de una negociación en la que se miraron a la cara y en la que parecía campear la buena fe, la jugarreta de fullero fue perpetrada a los cinco minutos, anticipando de ese modo públicamente un resultado que fulminaba por completo todas y cada una de las aspiraciones del agro predisponiendo la opinión de la gente para el caso de otro eventual paro.

   

No van a cambiar. Demos esto por seguro.

 

Como en el tango “Mala suerte”, “yo no puedo prometerte… cambiar la vida que llevo… mala suerte si ando solo… el culpable soy de todo… ya que no puedo cambiar”

 

La profunda sensación de vacío institucional, que ha forjado con paciencia esta rara especie de gestión conyugal del medioevo, con el sometimiento pleno del Congreso, con la pulverización de los partidos políticos, con el uso de los superpoderes y con la parálisis absoluta en materia de seguridad pública, se ha agravado muchísimo hoy con la aparición de dos factores: La crisis del campo, hoy en curso de emparche y la inflación, hoy con el disfraz roto… de atrás y de adelante.

 

Las extravagancias de Guillermo Moreno, las órdenes del gobierno paralelo de Puerto Madero y la estatización de SIDOR perpetrada por el amigo íntimo Hugo Chávez, agregan ahora una nueva dosis de sospecha inédita contra un gobierno realmente absurdo, irresponsable y farsante.

 

La inflación oficial de marzo pertenece a uno de los capítulos más escabrosos de una novela de Edgar Alan Poe que ya no puede ingresar a escena sin pagar antes el precio de la más grave certeza de farsa, diseñada por este matrimonio, que parece ignorar por completo el efecto inverso que ya empiezan a producir sus falsedades: La incredulidad que ya se halla instalada en la ciudadanía por causa de esa burla realmente infantil.

 

Y cualquier comunicación oficial de porcentuales de crecimiento, de pobreza, de desempleo o de niveles de la variable más recóndita que sea, se derrumba en pocos minutos, contaminada por los vapores malsanos y absolutamente truchos que induce a respirar la señora que dirige nuestros destinos por cualquier lugar que transite.

 

La ridiculez, cuando se mezcla con la tragedia, empieza por fulminar la objetividad y termina por convertir a cualquier enfoque moral que se quiera ensayar sobre ella, en una farsa.

 

Un hecho trágico puede acaso estar perfectamente contenido en una fábula y puede incluso no necesitar demasiados apoyos en la realidad o en la verdad, para esquivar el ridículo.

 

La fábula puede sobrevivir inclusive más allá de lo mitológico o de alguna esencia simbólica que quiera justificar su vigencia.

 

Pero el germen de lo ridículo… extingue los mitos y las realidades.

 

Impacta de inmediato sobre todos los hechos, desbarata todas las fábulas y resquebraja así la base de cualquier lógica seria.

 

Argumentos, causas, explicaciones, razonabilidad, contexto y validez, se desparraman en mil pedazos muy pequeños que ya nadie puede ni quiere rearmar, por cuanto cualquiera que se acerque al escenario, queda fatalmente atrapado entre esos pedazos y allí pasa a formar parte de tal paisaje grotesco, aunque no se lo proponga.

 

El Ministro Lousteau y su aparente funcionario subalterno, el Secretario de Comercio Guillermo Moreno, se maquillaron con la misma pintura y se ajustaron con un elástico, una nariz de payaso que los puso a la vista de todos en un estado de completa imbecilidad.

 

Pero un payaso, en su simpática ridiculez, muchas veces no logra provocar ni media sonrisa. En ocasiones sólo da lástima y, sin que lo trágico lo despegue un milímetro del ridículo, su gloria efímera no alcanza para pagar ni siquiera un poco de su estupidez mal ensayada.

 

Así quedó en escena el desesperado manotazo que el gobierno le quiso hacer a las retenciones y la inmediata comunicación de una inflación que ya colma sobradamente todos los denuestos conocidos a la inteligencia del más desprevenido.

 

El pronóstico que se puede hacer sobre esta negociación es bastante sencillo: Van derecho a naufragar.

 

Será como la apertura y el cierre de un telón raído, con el escenario plagado de payasos y con el público transido de incredulidad.

 

La voz oficial ya hace temblar de envidia a Marcel Marceau y hasta llega a desplomar los elogios de su gran obra “El Pierrot de Montmartre”.

 

Lo que ocurre en este país a cada instante en ese famoso atril donde el monólogo de la comunicación oficial es lo más parecido al bando real de una monarquía autista, es sin duda el saldo módico de un libreto en el que, lo grotesco y lo burdo compiten con las mismas armas de plástico para insultar impiadosamente a la inteligencia humana.

 

Los actores de esa “obra”, ya entran a destiempo y se olvidan la letra.

 

La luz del escenario parpadea, o se apaga por completo.

 

El decorado tambalea o se cae con tanto estrépito que a nadie se le ocurre levantarlo para no sumar otra vergüenza gratuita a un terrible momento de sonrojos.

 

Los payasos y los actores ni siquiera atinan saludar, cuando se van.

 

Mudos y silenciosos, dejan todo como está…

La sala queda vacía.

 

Y los espectadores, perplejos, sienten que ya ni siquiera será posible quejarse por una estafa o pedir que les devuelvan el valor del ticket.

 

Acaso alguno de ellos dude sobre si ha sido una falla humana o una burla.

 

Pero ya nadie dará chance para cualquiera de ambas opciones.

Será… cuando estemos muy cerca… del epílogo de la burla. 

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~ por d8xw en abril 18, 2008.

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